Dr. Livingstone, sí quiero

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Mi abuelo conoció a mi abuela a los 30, cuando ella tenía 18. No era tonto, mi abuelo. Mi abuela era un bellezón. Una niña andaluza. Morenaza y graciosa. Tenía esa pinta irresistible de la española, que cuando besa, es que besa de verdad. O eso debía de imaginarse mi abuelo, porque por aquella época, supongo yo que besos, pocos. Pero entonces las cosas se hacían a otro ritmo y los tiempos se medían de otra forma. Y, como decía mi otra abuela, iban despacio, pero llegaban a todo.

El caso es que mi abuelo era médico y llegó a Córdoba y puso la consulta en los bajos de la casa de un señor que, entre otras cosas, tenía tres hijas, y resultó que al ver a la mayor de las niñas paseando por el patio…él -oftalmólogo de buen ojo y sin mucho más análisis ni juicio que el que pudiera hacer a primera vista -se dijo a sí mismo ésta es la mujer con la que yo me voy a casar.

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Así como quien dice el lunes empiezo la dieta o en enero dejo de fumar o este año sí voy a Nueva York. Así como quien decide cambiar de coche o se levanta un martes con ánimo de comerse dos tostadas y el mundo. Con la misma seguridad de quien siempre pide pizza cuatro quesos y se niega a probar cualquier otra. Con la tranquilidad del que sabe que no necesita buscar más. Con la firmeza de haber acertado en algo tan simple como eso de elegir con quién pasarás el resto de tu vida.

Así, con un par…de miradas desde el otro lado. Así, con las ideas claras, muy claras, mi abuelo se cruzó el patio para contarle a mi abuela esos planes suyos que había pensado treinta segundos antes y que, según sus cálculos, durarían para el resto de sus vidas. Y mi abuela, aunque ya tenía costumbre de sentirse observada, se quedó bastante impactada. Y así el factor sorpresa sumó el primer punto y la noche fue joven. O más bien, por no faltar a la verdad, la tarde fue agradable para pasear.

Y paseo arriba, paseo abajo, mi abuelo, muy caballeroso, se despidió con todos los honores, pero sin beso. Y antes de irse, él se quitó el reloj y se lo entregó a ella, que sólo lo aceptó bajo la condición de que volverían a verse y así podría devolverlo. Y lo devolvió, porque ocasiones sobraron.

Y un año después… se casaron.

Mi abuela me contó su historia cuando yo tenía 10 ó 12 años. Así que no me culpen si les parece que mis expectativas sobre el amor, los flechazos y las primeras citas están un poco tergiversadas.

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No voy a decir que lo normal es que un primer paseo acabe en boda. Pero sí que la expectativa que genera el he conocido a alguien tiene un je ne sais quoi de lo más jugoso e interesante.

Dependiendo del entorno en el que lo hayas conocido, un ser nuevo en tu panorama puede despertar tu ilusión por los lunes; o darte ganas de madrugar; y hasta un repentino interés por salir a la terraza cada dos horas a dos grados y medio, aunque no te hayas fumado un cigarro en toda tu vida. Existe una relación directa entre la captación visual de la chica del vestido gris que estaba sentada en el reposabrazos del sofá de Juan el sábado pasado y tu súbito afán por dar una vuelta diaria al Retiro a las 7 de la mañana y estrenar esas zapatillas que te trajeron los Reyes y tenías muertas de risa en el armario.

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Y no, no es casualidad que hayas llegado tres días seguidos contento al despacho. Ni que ahora silbes y te hayas acordado de ponerte colonia. Y esa nueva lista que te ha dado por escuchar te delata a 1 km a la redonda de tus auriculares. Has conocido a alguien y tu mejor amiga ya está analizando la situación con objetividad y el 100% de la información, porque o bien estaba delante o bien ya le has contado con todo detalle cómo él dijo Hola y tú buenos días y él buenos días, y con todos esos datos, puede decirse a ciencia cierta que se puso nervioso y, sobre todas las cosas, que está tonteando contigo. Y que el tema va en serio. Seguro, seguro.

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Pues bien, dejando a un lado a esas personas que ven un just married donde sólo hay un just met, eso de ilusionarse con alguien totalmente nuevo abre un mundo de conversaciones; búsquedas en redes; localización de contactos, amigos y lugares comunes; imaginación; creación de escenarios; diseño de estrategias; y otro montón de cosas que, como mínimo, desarrolla la creatividad.

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Y muchas veces, hasta aquí puedo leer. Pero si la cosa funciona, que a veces pasa, uno se queda a vivir en ese nuevo mundo que normalmente comienza de una forma especialmente bonita y digna de recordar. Y aunque hoy en día el paseo es mucho más largo, lo cierto es que todavía quedan historias bonitas y especiales que contar.

Por eso, me ha parecido una buena idea un proyecto que hoy me gustaría presentar. Se llama Dr. Livingstone, sí quiero y cuenta esas historias, de más de un paseo, que acaban en boda. Y lo cuenta de una forma muy especial, porque lo hace desde las sensaciones. No se limita a informar sobre la boda, sino que incluye todo tipo de frases, pensamientos, inquietudes, nervios que hayan tenido sus protagonistas durante ese día y también durante el tiempo que estuvieron preparándolo todo, para que no se olviden de cómo se sentían en aquella etapa. Porque merece la pena recordarlo y, a veces, es necesario para recuperar las ganas de seguir paseando…

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Espero que les guste.


La lección del pirata

“Navega, velero mío,
         sin temor,
que mi enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza 
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor”

Tuvimos una profesora de literatura que, además de los clásicos apuntes sobre cada autor, nos hacía copiar unos esquemas enormes que resumían cada época. Y así, en un golpe de vista teníamos años, fechas, autores, obras, características generales y todas esas cosas, con muchas flechas, paréntesis y llaves que se abrían y se cerraban.

Era una profe especialmente dura y difícilmente nos canteábamos con ella. Pero ocurrió que una vez Tip y yo nos armamos de valor y lo intentamos. Sólo lo intentamos, porque, ya lo adelanto, el fracaso fue monumental. Teníamos un punto pedante y ese rollo de adolescentes que van de rebeldes, pero siempre sacan buenas notas. O casi siempre.

Porque aquel día, pasaron algunas cosas sin precedentes:

1. Ocurrió que tuvimos examen de literatura. Hasta ahí, normal. Pero en lugar de un examen largo de desarrollo, hubo una única pregunta: reproducir el esquema del Romanticismo. Y ahí nos pusimos a rellenar el famoso esquema, con sus fechas, sus autores y sus obras…

2. Al terminar, pasó algo totalmente novedoso e insólito. En lugar de recoger los exámenes y llevárselos, nos hizo recogerlos y volver a repartirlos, de forma que nadie recibiera el suyo propio, sino cualquiera ajeno.

3. Y ocurrió además que el azar quiso que yo recibiera el esquema de Tip y Tip, a cambio, recibió el mío.

4. Y, por último, resultó que Tip había dejado un hueco con el nombre de un autor del que se había olvidado y justamente yo había dejado un hueco con el nombre de la obra de ese mismo autor, que también había olvidado.

5. Si a eso le sumas que tenemos, o teníamos, caligrafías muy parecidas, a nadie le extrañará que nuestras mentes se pusieran en línea y con una simple mirada y movimiento de cabeza nos quedara clarísimo qué había que hacer.

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Cada fallo bajaba un 0,5. Insisto en el detalle de la pedantería, para justificar que dónde podía ser un 10 no quisiéramos resignarnos a un 9,5. Con el máximo grado de disimulo, rellenamos los respectivos huecos, nos pusimos unos enormes y lucidos dieces en los esquemas y volvimos a entregarlos con cara de aquí no ha pasado nada.

Pero pasó. Porque, insisto, no era profesora para canteos. Y a los pocos minutos oí mi nombre seguido de un acércate a mi mesa. El tiempo se paralizó mientras caminaba hacia esa mesa, en un profundo debate sobre mentir o no mentir, that is the question. Y ahí estaba mi esquema, con un círculo rodeando la maldita obra. Un círculo rojo, rojísimo. Monumental. Perfecto. Nítido. Un círculo experto. Acusador. Evidente. El círculo de la verdad. Del bochorno. Del te pillé. El círculo del te has pasado de listo. Un círculo con vida propia. El círculo de las señales de prohibido. El círculo que sustituirá al Coco cuando amenace a mis futuros hijos. El círculo que evidenciaba lo absurdo de mi intento de engaño. El círculo por el que descubrí los infinitos matices de azul que puede tener un boli azul.

Bajo ese círculo, su tinta y mi tinta, eran irrefutablemente tintas diferentes. Nunca dejen que les engañen con eso: las tintas de dos bolis azules no son iguales por el hecho de ser azules. Nunca.  Casi diría que aquella tinta tenía un efecto tridimensional. De pronto todo el folio se veía borroso excepto las letras claras y perfectamente perfiladas de esa obra que no recordé, de ese autor que hoy ya tampoco recuerdo. Y mientras esa letras se elevaban y, como con efectos especiales, se reordenaban en el aire formando las palabras te han pillado, la profesora, me miró a los ojos -una mirada profunda e intimidante -y me preguntó, alto y claro, ¿quién te ha escrito esto? 

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La pregunta, por supuesto, tenía truco. Ese te daba por hecho que yo era la respuesta incorrecta. Pero me armé de valor, aguanté el tipo, tragué saliva, cogí aire y, siguiendo la máxima de es su palabra contra la mía, exhalé un simple y rotundo:

Yo.

Con un par, ahí estamos…

¿Quién te ha escrito esto? Tienes una última oportunidad. Y, muy en mi línea, la aproveché tan tan bien, que repetí, en modo cuanto más lo diga más creíble sonará: 

– Ya le he dicho que yo. Ahí, viviendo al límite, sí, señor…

– Muy bien, respondió.

¿Muy bien? Diez segundos de alivio, de autocomplacencia, de jaaa!, de aquí estoy yo, de elevarme como un globo, para a continuación sentir un profundo pinchazo, un derrape formidable, una caída libre sin paracaídas, ni red, ni manual de salvamento…

Porque, de su muy bien pasó a llamar a Tip, por su nombre completito, sin apodo ni milongadas. Y entonces lo supimos -pura perspicacia, ya ven- que nos había pillado. Fue ver a Tip avanzando entre los pupitres y saber que no había más opción que cantar hasta la Traviata. Y, ante la misma terrible pregunta, ¿quién te ha escrito esto? Tienes una oportunidad, la evidencia se hizo fuerte. La verdad y aguantar el chaparrón eran la única salida. Sólo cabía una respuesta: mi nombre. 

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Mi nombre, que nunca antes había temblado tanto al ser pronunciado.

Mi nombre que, escrito en el folio del esquema quedó manchado por una línea de bolígrafo rojo, exageradamente marcada para tachar mi falso diez y convertirse en un doloroso e irremontable cero. Un cero. O más bien, dos ceros. Porque lógicamente, su falso diez también desapareció bajo un tachón exageradamente rojo. 

Un cero rojo y una certeza: el castigo sería monumental y por duplicado. El cero, la vergüenza, el mal trago, la humillación frente a toda la clase no eran nada comparado con lo que me iba a encontrar en casa. Y ahí nos quedamos Tip y yo, delante de todo Octavo A, sin saber si alguna vez superaríamos tan terrible y doloroso capítulo de nuestras vidas, que amenazaba con costarnos la evaluación.

Pero si algo aprendí de mi profe de literatura es que después del Romanticismo venía el Realismo. Con su visión objetiva de la realidad. Y tras asumir que, en aquella ocasión, como en la mayoría, la verdad era la única salida, retomamos donde lo habíamos dejado y convertimos este capítulo en una anécdota entre muchas, en las que fuimos perfeccionando las técnicas de copiar estudio, para evitar que algo así pudiera repetirse.

Y tanto nos esforzamos por evitar que el fracaso se repita que ahora me pregunto si, tal vez, estamos evitando, directamente, el riesgo. Y tanta historia tenemos con esto de hacerlo bien que igual el plomo que pusimos a los pies nos ha llegado al cuello y aquí nos tiene midiendo a centímetro exacto cada decisión, a ver si me voy a jugar la evaluación. Bueno ¿y qué?

Y me río pensando en la idea del burro motivado, del que habla Emilio Duró en esa conferencia brillante sobre gestión del entusiasmo que últimamente veo a menudo, para recuperar las ganas de todo. A ver si, sin hacer tampoco el tonto, aprovechamos estos últimos días del año para reorganizar las ideas y preguntarnos dónde quedaron esos sueños que íbamos a cumplir. Esas genialidades que se nos ocurrían a borbotones. Y esos proyectos para cuando fuéramos mayores. A ver cuáles son merecedores de rescate y puesta en marcha.

Me acuerdo de mi hermana dando giros por la casa, asegurando que en cuanto aprobara iba a bailar ballet. Y nos decía: yo sé que a profesional ya no llego, pero bailar, bailaré. 

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Y aprobó. Pero no baila.

Aunque en las bodas, hace equipo con mi padre y lo petan.

Y yo, cada dos o tres meses comenzaba a escribir mi nueva novela. Sólo terminé una. A los 18. La escribí en el tejado de la casa de Eastbourne. Porque dentro no se podía fumar y me escondía allí fuera un montón de ratos. Y, por las noches, escribía capítulos y miraba de lejos y con cierto canguelo a dos o tres zorros que se acercaban a las basuras.

Y, como me dijo  Galiano, guardé la novela en un cajón durante unos cuantos años y un día, a finales de 2012 lo abrí y la leí. Sólo me pareció rescatable el título. Y así es como Ya lo entenderás cuando seas mayor volvió al cajón y se reinventó hecha blog. Y ¿para qué? Para ver si empezaba a entender las cosas.

Pero la verdad es que cada vez entiendo menos.

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Y me parece, señores, que es mucho mejor vivir las cosas que entenderlas. Que no necesitamos saber el significado de felicitate, happiness, bonheur, felicità, felicidade, szczęście, felicitat, geluk, àigh. Necesitamos vivirlo. Y, lo único que tengo claro es que si lo que hacemos hoy no nos hace felices… de mayores, seguro que no lo vamos a entender. No vamos a entender por qué no seguimos ese sueño que nos ilusionaba tanto de pequeños.

¿Alguien se imagina a sí mismo a los 5 años deseando ser de mayor exactamente lo que es hoy? Pues, salvo los suertudos que digan que sí, los demás, estamos a tiempo de cambiar cosas. Muchas, pocas. Cosas importantes o simples detalles. Pero, si hay que cambiar algo, no esperes a ser mayor para no entender por qué no lo cambiaste.

Y, mientras tanto, nada de quejarse y buscar culpables, que les aseguro que no aporta demasiado. ¿Cómo crees que ese chico va a sacar a bailar a una chica que no baila? ¿Por qué piensas que otro verá en ti las mil virtudes que tienes y te empeñas en ocultar? ¿Por qué pierdes más tiempo en regodearte en tu cabreo porque ascendieron a otro en vez de en demostrar que estás altamente capacitado para ser el próximo ascenso? Sal de tu zona de confort, ve donde tu sueño te lleve y comprueba lo lejos que puedes llegar.

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¿Por qué no coges ese sueño de la adolescencia, le das forma, lo perfeccionas con tu experiencia de hoy y lo haces real? ¿Por qué has dejado de soñar? Todos los días de pelea con el despertador para dormir 5 minutos más y no dedicas ni siquiera uno a soñar. En serio, hazte con una agenda de Mr. Wonderful y empieza a planificar lo que te viene, porque cuando seas mayor y descubras que sigues sin entender nada, al menos podrás pensar que nos quiten lo bailado.

A ratos hay que pasar del Realismo y volverse un poco pirata. Y hacerse a la mar, como en el poema de Espronceda, viento en popa, a toda vela. A ver qué pasa. Y, sí, igual te juegas la evaluación. Pero cuando arriesgas, aunque te la pegues, aprendes. Y aprendes mucho más que quién escribió Don Álvaro o la fuerza del sino, con perdón del Duque de Rivas. Aprendes la lección del pirata, más allá de esos versos que tan a fuego memorizamos.

 Y si caigo,
¿qué es la vida? 
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo
sacudí.


El botón de seguir p’alante

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En el verano del 36, un avión republicano que sobrevolaba Zaragoza bombardeó la basílica del Pilar. Lanzó 4 bombas: una se le fue al río Ebro y ninguna de las otras tres hizo explosión; ni la que cayó en la plaza, ni las dos que atravesaron el techo del templo. Aunque estas últimas estropearon un poco el marco de un fresco de Goya, que si caza don Francisco al republicano, le pone más firme que mi madre a nosotros cuando veía dedos en la pared de la escalera.

Dicen que la Virgen del Pilar obró el milagro y, gracias a eso, hoy tenemos una basílica intacta, con dos bombas como dos medallas colgadas en una pared, junto a la capilla de la Virgen, que acaba de celebrar su día grande en Zaragoza, en España y en muchos países, pues la Señora es nada menos que patrona de la Hispanidad.

Y yo me imagino al el alférez Gayoso, el republicano en cuestión, organizando el ataque con sus compañeros, antes de despegar en Barcelona:

– Gayoso

– Presente

– Ahora te vas pa Zaragoza y te cargas el Pilar

– Oido

–  Objetivo: derribar o, por lo menos, dañar gravemente

– Pues entonces, vamos a cargar bien de bombas, a ver si con una no nos da. Pon dos, por si acaso.

– Mejor ponemos 3, a ver si se te van a desviar o algo.

– Pues ya que estamos…que sean 4, que luego nos quedamos cortos y ni derribo, ni daño gravemente, ni nada de nada.

– Pues ¡hala! Ya tienes las 4, majo y ahora…pa Zaragoza que te vas…

Y llega Gayoso, con todo preparado, lanza una bomba y ¡zas! Al río…Mala suerte. Pero Gayoso, el previsor, tiene 3 más…

Bomba 2 ¡zas! A la plaza, que levantó cuatro adoquines y dejó un agujerillo (curiosamente, en forma de cruz), pero que ni derribo ni grave daño…Así que, Gayoso, estaba ya concentrado perdido. Vamos, Gayoso, que de ésta te hacen Teniente. Y ¡zas! bomba 3 atraviesa techo. ¡Ueeee! Y bomba 4, también. Madre mía, Gayoso, qué bien jugado, campeón.

Pues miren ustedes por dónde, con todo previsto, con cuatro pedazo de bombas preparadas, con dos que hicieron blanco perfectamente, va el Pilar y no explota. Y es que, a veces, las cosas no salen cómo estaban previstas incluso cuando creemos que lo hemos preparado todo a la perfección.

Y, aun con eso, nos empeñamos en preparar todo a la perfección. Para que nada falle y todo salga exactamente como debe ser. Y luego las cosas salen como salen y punto pelota.

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Últimamente se habla mucho de estar preparados; de cumplir Protocolos; de lo que se debe hacer; de lo que está bien y lo que está mal; se cambia la Historia a golpe de corta y pega; se buscan cabezas de turco; se señalan culpables. Los culpables del cambio climático de ayer, son los culpables del ébola de hoy. Del de España. Porque del de África, ni hablamos. Y salimos a la calle alzando la espada legendaria del Rey Arturo cada vez que descubrimos que no está todo pagado y nos han bloqueado la tarjeta negra.

Y es que la frustración, señores, no es plato de buen gusto. Parece que sabemos mucho más de salud pública, de comunicación política y de viruses que de afrontar frustraciones. Y aunque todos nos hemos sentido un poco como Gayoso alguna vez, cuando le pasa a otro, encontramos la ocasión perfecta para coincidir con la Reina de Corazones en que lo mejor sería que les corten la cabeza. Y cuando alguien mata un perro…le llamamos mataperros.

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Pero nosotros insistimos en hacer planes. Nos pasamos el día planificando. Y luego los diluvios nos pillan sin paraguas. A veces no planificamos nada, y acabamos poniendo un nombre e instalando el grupo cero en el coche.  Pasamos de tenerlo todo bajo control a estar bajo el control de todo. A los 10 años tienes claro qué quieres ser de mayor. A los 17 tienes claro que quieres ser mayor. A los 22 simplemente quieres ser. A los 25 te entran las dudas, pero bueno, ya serás. Y a los 30 quieres una charla con tu yo de 10 años para pedirle consejo o, más bien, explicaciones.

¿En qué momento te saliste de la línea planificada? ¿En qué hito fallaste? ¿Se puede saber por qué la trigésimo novena no resultó ser la mujer de tu vida y ahora no puedes planificar vuestra boda a los veintiocho y medio para tener el primer niño a los treinta clavados? ¿Acaso el destino se ríe de ti y quiere que seas un padre primerizo viejuno? ¿Y el puesto de adjunto al director? ¿Y la pequeña empresa de Nuevas Tecnologías que ibas a montar y que ya no tiene pinta ni de nueva ni de tecnológica porque se ha quedado obsoleta en tu cabeza? ¿No iba a pasar el umbral de rentabilidad en 2015? Del coche, mejor ni hablamos…Y supongo que Nueva York, puede esperar.

yle1014 (2)Algunos días te pones a mirar esa maldita línea planificada de la que eres preso desde siempre, que te has creado tú solo y que crees que te imponen otros. Y, lo peor, piensas que todos van cumpliendo con su línea, menos tú, grandérrimo inútil, que te has quedado atrás. Los demás, todos perfectos. Ole, qué bien. Ésa es la actitud. Realmente, es para tirarse de los pelos, si queda de dónde tirar…

Yo no digo que no hagamos planes. Pero los planes tienen que estar al servicio de las metas. Y la meta final, señores, no es otra que la felicidad. Y eso es más cuestión de actitud que otra cosa. La felicidad no se planea. Porque no hay nada que objetivamente haga feliz o te ponga triste siempre y en todas las circunstancias. Nada. Créanme.

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La felicidad está en abrir un poquito el ojo izquierdo y comprobar que te quedan dos horas más de sueño. En levantarte antes que tu hermano y que no se haya terminado los Golden Grahams. En que el conductor del autobús esté contento y te abra la puerta en un semáforo, a dos largos metros de su parada. La felicidad es un mes de octubre con 25 grados. Un whatsapp que ya no esperabas. Es pasear por Madrid y encontrar un mensaje en un paso de cebra. Es entrar al Retiro, por la puerta de Felipe IV, cruzar el paseo de las estatuas, hacer un guiño a Ramón Berenguer IV y decirle que, de momento, parece que nos quedamos.

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Felicidad es que te digan que es jueves cuando estabas convencido de que era miércoles. Escuchar esa canción. Una mañana sin atasco en la A-6. Una caña en Platea. Que alguien te diga te veo más delgado. Aunque sepas que es mentira. Un lunes de puente. Aunque este año no haya. Una ducha de media hora. Una historia que empieza bien. Un chico que no teme al compromiso. Un desayuno de buffet. La boda de un íntimo amigo. Aunque cada vez quedemos menos. Acabar la noche en Laidy Pepa. Conducir por la Toscana con la Marcha Triunfal de Aida. Que te toque algo en una rifa. Leer que lo del cierre de Fiesta es un bulo. Ser tío por primera vez. Y por cuarta. Ganar una guerra de pies y hacerte dueño y señor del sofá, un domingo por la tarde. Saber que te sobran razones para ser feliz. Y disfrutar de todas ellas. Un historia que acaba muy bien. O que no acaba nunca. No tener tiempo para lamentarte.

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La felicidad está en enamorarse. Aunque duela. En decir la mayor estupidez. La frase más ridícula. En subir a lo más alto y dejarse caer al vacío, darse un tortazo monumental, desear que te trague la tierra, hacerte pequeñito, llorar hasta tener sed y, después, volverte a enamorar. Y subir a lo más alto y dejarse caer al vacío y que, de pronto, todo cuadre, y alguien te recoja. O que todo se descuadre, pero descubras que no caes solo y el tortazo te sepa a gloria bendita y, un poco a sangre y tierra, pero sobre todo a gloria.

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Al final eso de ser o no ser feliz es una opción, como las que  dan las máquinas expendedoras, donde la Coca-cola es la felicidad y las otras bebidas… son otras cosas. Mira la máquina, siempre hay muchos más botones de Coca-cola. Toca cualquiera de ellos, hombre. Toca el botón de la memoria. Acuérdate de algún momento que no tienes ni idea de por qué recuerdas, pero que te hace sonreir. Como si de pronto acabaras de volver a Verona, hiciera un calor sofocante, tuvieras una rozadura gigante en el pie y te sentaras en un callejón sucio a cambiarte la tirita. Toca el botón del humor. Aunque sea para reírte de ti mismo porque esta mañana te has dicho hoy sí salgo pronto. Toca el botón de la risa. El que tienes entre las costillas VI y VII (o V y VI, si te dio por quitarte una).

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Toca el botón de la espontaneidad. Y proponte algo innovador, como soltarte el pelo o comer en la cafetería en vez de en tu mesa. Toca el botón de la franqueza. Y manda ese mensaje de una vez. Dile algo increíblemente valiente como yo también lo pasé muy bien. Toca el botón de enviar. Y el de la alegría. Baila Bailando en el despacho o dile a alguien lo guapo que está hoy. Toca el botón del descaro. Y dile a tu jefe eso que llevas seis meses pensando y no te atreves, pero no te pases, no vayas a tocar el botón del INEM por hacer caso a las cosas que se dicen en Internet. Toca el botón de Internet, pero para apagarlo un rato.

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Apaga un rato tu Facebook y Twitter, y el iPhone, incluso si ya tienes el seis, atrévete y apágalo. Apaga la radio, sal a la calle y toca el botón del deporte. Suda. Cánsate. Supera tu record. Libera endorfinas. Corre. Corre más. Y luego apaga la luz y toca el botón de pensar en nada.

Y si todo va como debe, nada saldrá según lo planeado. Así que tendrás que tocar el botón de seguir p’alante y aprovechar todas las cosas buenas que te pasan mientras estás demasiado ocupado examinando tu situación respecto a la línea planificada por tu yo de hace 15 años. Ése que ya ni te conoce y que no tiene ni idea de tu vida actual. Que no supo predecir la crisis. Ni el ébola. Ni te preparó un protocolo de emergencia. A la línea esa hay que mirarla de reojo, lo suficiente para ver cómo vamos, reajustar rumbo y seguir adelante.

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Condenados a entendernos

No sé si alguna vez te has visto en una de esas situaciones extrañas en las que estás totalmente solo ante el peligro junto a dos o más chicas que se ponen a hablar de sus cosas. De chicos o del amor o de la boda de María o del vestido de Alejandra o de la crisis de Antonio y Melanie o del examen de Mercantil o cualquier otra cosa sobre la que empiezan a hablar y hablar y se olvidan de que tú estás allí.

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Y tú, torpe, simplón, besugo apamplinado, te quedas mirando al infinito pensando en lo guapa que está hoy Gloria o en si prefieres el bocata de jamón o Nocilla y se te escapa la tarde, la conversación, el color del vestido de Lucía -¿o era Alejandra?, la oportunidad, la lección de tu vida y el mejor regalo que una chica te puede hacer: información sobre la lógica femenina.

Cada vez que dos o más chicas hablan y olvidan tu existencia estás presenciando el mapa del genoma humano, la hoja de ruta hacia el Templo Perdido, las palabras mágicas para abrir la cueva de Ali Baba, la fórmula de la Coca-Cola, el secreto de la felicidad, el alfa y el omega, la lámpara del Genio, la ubicación exacta de la Atlántida, o cómo convertirse en el rey Midas. Pero tú, ser de acción y pensamiento únicos, podrías llevar años amando a Laura y no aprovechar la ocasión para llegar a conclusiones. Podrías estar ahí y perderte en tu pensamiento y esperar y esperar, hasta el matrimonio o, amigo mío, hasta el fin de los tiempos.

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Yo no sé si será cierto que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte, sólo sé que en la Tierra estamos todos, condenados a entendernos. Así que aquí, en este reino de ciegos, señores, el tuerto es el rey. El que haga sólo un poquito de esfuerzo por aprender el idioma, tiene mucho camino ganado. Porque, sorpresa, todas las mujeres son estrictamente iguales en la medida exacta en que cada una es total y absolutamente diferente a las demás. Y, por eso, absolutamente todas las mujeres quieren lo mismo en la medida exacta en la que cada una quiere justamente algo diferente a todas las demás.

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Es un error imperdonable considerar que las mujeres son complicadas. Lo complicado es encontrar a dos Martas iguales, caballeros. Las niñas, las chicas, las mujeres, las damas, las señoritas, ellas-todas son especiales y únicas y no importa si van de clásicas o de modernas. De autosuficientes o de pasotas. De chungas. De machotas. De marquesas. De tiradas. De difíciles. De chulillas. Da igual si son de cristal o un poco malhabladas. No importa si odian que les abran las puertas. O si exigen que tires tu chaqueta al suelo para que no pisen sobre mojado. Da igual si están medio locas. O locas enteras. O si simplemente hacen que el loco seas tú.

No intentes cuestionar sus razones. Ni cambiar una versión de los hechos, que ya ha sido grabada en su selectiva memoria. Ni se te ocurra poner en duda sus intenciones. Jamás intentes saber ni ver más que ellas. Porque tú solo ves 15 colores dónde ella ve 150. Amigo, te faltan matices. Y los matices son la clave de absolutamente todo. Y son precisamente esos pequeños matices los que las hacen irresistibles. Si no ¿para qué narices viniste a La Tierra desde Marte? Pues para lo mismo que ellas vinieron desde Venus.

la foto (3)Así que averigua sus matices y cúrratelo un poco. Seguirás sin tener ni puñetera idea. Pero igual ella es de las que aprecian el esfuerzo. You never know. En todo caso, aviso: currárselo no es sinónimo de ser un coñazo. Seas lo que seas, no seas un coñazo. Y, por favor, aún menos seas un capullo. Ya se están organizando viajes a Marte, si prefieres volverte. Pero si te quedas, igual prefieres aprovechar las ocasiones y prestar un poco de atención a esas dos o más chicas que hablan de sus cosas. Y enterarte de que hasta la más fuerte necesita que la sostengan cuando flaquea. Y la más dura quiere que le digas dos tonterías que la dejen blanda. Y la que ahora niega con la cabeza, ésa quiere quince tonterías, todos los días. Cuanto más lo niega, más las quiere. Y la pivonazo de tu clase está preocupadísima porque odia sus pies. Y la más lista, está harta de que le tengan miedo. Y la más tonta, es mucho más lista de lo que tú te crees. Y la que odia que la dejes pasar, en realidad odia a esos cínicos que primero la dejaron pasar y luego la trataron como un trapo, muy educados ellos. Pero ninguna chica odia la caballerosidad en sí misma, es la incoherencia, la falta de lógica la que molesta.

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Ninguna chica quiere que lo sepas todo de ella. Ni tenerte que explicar el porqué de cada cosa. Ninguna chica quiere que la des por hecho. Y no se te ocurra pensar que tenerla y enamorarla son sinónimos. Ni te vayas a creer que si dejas de mirarla seguirá ahí para siempre. No esperes a que no haya vuelta atrás. Porque cuando en vez de dos o más, es sólo una la chica que se olvida de que estás ahí, la oportunidad, amigo mío, se acaba.

 Sayonara, baby.

The End.

Bye bye.

Chis pum.

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Así que si eres más de viaje para dos, te sugiero que empieces a prestar atención. Que tomes notas. Que estudies los detalles. Observa. Con cuidado. Con distancia. Como James Bond. Pero el de verdad. El que era ornitólogo y estudiaba las aves de las Indias. Atiende a los matices. A sus matices. Y cuando ella diga que no le pasa nada, no te rías del tópico y optes por tomarlo al pie de la letra. O por considerar que es rara y que ya se le pasará. Averigua qué le pasa, alma de cántaro, que se te escapa. No des por hecho que todas sus preocupaciones se disipan en la tercera copa. Y hazla reir, pero no asumas que se reirá con cualquier chorrada. Ni en cualquier situación. Crea las situaciones. Sorpréndela un poco. Vamos, tío, que cambiar un lo-de-siempre por algo distinto, aunque sea un cine por un teatro, tiene menos riesgo que sacar el USB sin seguridad y eso sí lo haces. Aprovecha ahora que hay un millón de cosas que ver y hacer por la calle. Innova, aunque sea con la conversación. Pregúntale qué opina del ecoporno y espera a ver qué pasa. No sé. Algunas personas hacen cosas diferentes. Como ese anónimo que deja mensajes en un cartel de la autopista del norte, en el kilómetro 32cartel km32

No sé para quién son esos mensajes. Quizá un poco para todos. Da el primer paso. Volvería a elegirte. Llévame contigo. Si te he visto, no me acuerdo. Menos guasap y + venaverme. Qué chorrada de “día de”. El caso es que el tipo los deja ahí y la gente pasa con su coche y como tendemos a ser protagonistas de nuestra historia, se dan por receptores. Y por un segundo, puede que más, piensan algo nuevo o diferente.

Piensa algo nuevo o diferente. Tú también puedes ser Superman si te lo propones. Kripton no está tan lejos de Marte. la foto


El viaje de fin de novios

Ya es oficial. Casarse está de moda y es altamente contagioso. Las conversaciones en las terrazas van del nos casamos al me caso pasando por el ¿cuándo os casáis? o el ¿sabes quién se casa?

Luego ya vienen los detalles del sitio, la fecha, los invitados y todas esas cosas tan diferentes y especiales que hacen que una boda sea casi exactamente igual que otra. Y no me malinterpreten, no todas las bodas son iguales, pero a veces la fiebre por lo superespecial, superdiferente y superexclusivo roza lo absurdo y hace que tenga ganas de recordar que lo único verdaderamente genuino y especial de vuestra boda sois vosotros y todo lo demás es accesorio; porque siento decirles que mañana se acaba la boda, pero los novios se quedan. Así que más vale que tu recién estrenado marido sea lo mejorcito del evento porque lo de para toda la vida suena a rato largo.

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Pero nosotros a lo nuestro, oigan, preocupadísimos por el hecho diferencial. Hace poco, en una boda (¿dónde si no?) alguien me contaba que una amiga le había retirado la palabra por haberle copiado vilmente la exclusivísima flor de su ramo de novia, que resultó ser paniculata, flor de bodas por excelencia. Así que, ya lo saben ustedes, brides-to-be, piénsenlo dos veces antes de llevar un ramo de paniculata, pues corren el riesgo de ser unas copiotas de tan única y original novia.

Y es que tal es el afán por lo especial e incomparable, que hacemos lo imposible por tener algo distinto. Que si un regalo para los invitados. Un regalo para las madres. O para los padres. O para los que se van a casar. Para los que acaban de tener un niño. O una niña. Para los solteros. Del novio para la novia. De la novia para el novio. De los amigos para ambos. Una canción. Un baile. Una sorpresa. O mejor…un video.

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¡Qué idea! ¡Un video! Que incluya fotos de bebés. De ella cuando era pequeña. De él cuando era pequeño. Foto con disfraz de ambos. Foto de una adolescencia complicada. Y un sinfín de fotos de los dos. Delante de una playa. En la montaña. En casa de un amigo. En un barco. O en un banco. En una plaza. En una calle. En la Facultad de Derecho. O en la de Medicina. Delante del Big Ben. O de la Torre Eiffel. Y un montón de fotos con amigos. Y otro montón de las respectivas despedidas de solteros.

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El video no puede faltar. Y últimamente ya no hay boda sin photocall. Ni sin pelucas y enormes gafas. O sin confesionario o una barra de mojitos. No hay boda sin chuches. O sin carrito de helados. O unos mariachis. O bailarinas de algo. Un circo.  Un DJ festivalero. Un payaso que hace figuras con globos. O un cañón lanza personas. Bueno, igual a tanto no hemos llegado. Pero…tiempo al tiempo. El caso es hacer algo diferente a todo lo anterior.

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Ante todo esto, no es de extrañar que cuando el otro día, en una conversación normalísima en la que se anunció una boda y se habló de otra que está al caer, yo me quedara sin palabras cuando alguien dijo que ya estaban organizando el viaje de fin de novios.

Claro, con toda esta fiebre por lo diferente a mí me pareció hasta posible lo de montar un viaje para dos para desestresarse antes de la boda y volver relajado y moreno, mientras las madres ultiman los detalles ésos que sólo les preocupan a ellas. Pero, por aquello de no quedarme con la duda, pregunté: ¿viaje de fin de novios? 

Mi gozo en un pozo. No existe tal viaje. Fue un simple lapsus. Se le escapó así. Quería decir viaje de novios. El de toda la vida, vamos. Pero claro, para entonces a mí ya me había picado el gusanito del viaje de fin de novios. Que no terminaba de dejarme indiferente el concepto, vaya. En realidad, una boda es como el final del viaje de fin de novios. Exactamente igual que una ruptura.

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De hecho, el viaje de fin de novios es todo lo que ocurre en una relación que conduce a la boda o a la ruptura. Porque no deja de ser el viaje que te lleva al final de lovuestro  en una dirección o en otra, según estén los astros esa mañana.

Pero no hay que ponerse triste, oigan. Que si no se rompe con el pasajero, no se está disponible para el definitivo. Por eso, hoy quiero decirles a todos aquellos que acaban de terminar su viaje que no se demoren. Que mañana empieza la primavera, que la sangre altera, y es el momento de lavarse la cara y rehacer las maletas. Porque nunca se sabe cuando tendrán que emprender su próximo viaje. ¿No querrán que les pille por sorpresa? Bueno, quizá, sí. Estas cosas siempre nos pillan por sorpresa.

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Si lo piensan, en realidad sólo hay dos tipos de rupturas: están las que te ofenden, te agravian, te hacen sentir deshonrado, vilipendiado, abandonado, ultrajado, dolido, despreciado…en fin, creo que se capta la idea; y luego, las que te hacen sentir un alivio fuera de lo normal, te aligeran, te quitan kilos, años, arrugas y telarañas de encima, te dejan sereno, relajado, nuevo, novísimo, qué feliz soy. Y en cualquiera de los dos casos, los protagonistas se esfuerzan por demostrar todo lo contrario.

Los primeros insisten en que están muy bien, que no les importa, todo les da igual, nada les afecta, su canción favorita es Pesadilla en el parque de atracciones, de Los Planetas. Son los nuevos mejores clientes de Haagen Dazs y o pasan de todo o les pasa de todo. Antoñita la Fantástica se queda lejísimos en historias increíbles. El Cid Campeador no tiene ni idea de poemas épicos. Lo de John Travolta en Grease no es bailar. Y nadie sabe lo que es ligar de verdad. Sólo ellos. De puertas para fuera, están oficialmente on fire. Y que nadie intente detenerlos…

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Por su parte, los otros simulan cierto dolor de corazón, especialmente para no parecer inhumanos y esas cosas. Ponen cara de corderito. Y dicen cosas como que ha sido muy duro o que están muy preocupados por la contraparte. Hablan incluso con sus amigos, por aquello de mostrar cierto interés. Son especialmente discretos en sus nuevas conquistas. Y después de un tiempo prudencial, se sacuden el polvo y resetean su vida. Mientras los otros les espían disimulada o descaradamente. En redes sociales, en bares y discotecas. Espían hechos y dichos, reales o inventados. Espían lo que pueden y lo que no… se lo inventan. Y se reconcomen. Se vuelven locos con la hora de la última conexión o la nueva foto de perfil. Les ha parecido verle por todas partes y, en fin, están tan superbien, lo tienen tan superado que agonizan viendo los días pasar.

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Y esperan un milagro. Una señal. Una cura espontánea. Los brotes verdes de Mariano. Que el MH370 aparezca en su azotea. Esperan una explicación. Un lo siento. Un me equivoqué.

Bueno, pues mientras llega, yo hoy les sugiero que en todo ese tiempo que dedican a pensar le den una vuelta a su viaje de fin de novios. Porque, como todos los viajes, ha tenido grandes momentos, dignos de repaso. Y nuevas experiencias. Algunas que nos quedamos y otras etiquetadas con un para no repetir jamás. Como en casi todos los viajes, en éste hemos conocido a gente nueva, sitios nuevos. Hemos aprendido nuevos conceptos. Un nuevo idioma. Quizá ahora sabes lo que significa hazloquequieras y puede que hayas aprendido a usar correctamente el nomeimporta. Como en casi todos los viajes, has crecido. Has abierto esa cabeza tuya y tal vez hasta toleras los diminutivos o que te llamen cariño. Como en muchos viajes, has conocido un nuevo entorno y te has iniciado en Etología básica. Probablemente, tienes la maleta llena de cosas que en algún momento del viaje te parecieron dignas de guardar. Y ahora sólo ocupan espacio. Puede que algunas sigan teniendo sentido y te las quedes.

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Pero recuerda que necesitas espacio y tienes un nuevo viaje por delante. Un viaje mucho mejor porque no sabes cuando empieza, ni a dónde irás, ni cómo terminará. Un viaje de fin de novios, que terminará en boda, en noboda, en ruptura, en tablas, en Kenia, en Morata de Tajuña, en tu casa o en la mía, en un martes loco de Telepizza. Que pasará por un barco. O un banco. Delante del Big Ben. O de la Torre Eiffel. En una plaza. En una calle. En la Facultad de Derecho. O en la de Medicina. Porque al final, el viaje de fin de novios es todo lo que pasa por delante de esa ventana desde la que ahora miras intentando averiguar todo lo que pasará y cómo terminará. Ya lo dijo el poeta (o el filósofo o el sabio, alguien lo dijo):

La felicidad está en el camino, no en la posada

Hoy es el día perfecto para empezar un nuevo viaje, que en definitiva, no es otro que el de tu vida. ¿Te lo vas a perder? 

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El amor es para los valientes

ny empire stateVi una película en la que el chico llevaba a la chica a la terraza que hay en lo alto del Empire State y le decía que mirara por uno de esos enormes prismáticos porque a través de ellos podría ver el futuro. Al asomarse, ella veía un anillo estratégicamente colocado delante de una perfecta estampa de Nueva York. Un romántico, sí. Creo que era Tom Cruise.

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No vayan a creer que es necesario Tom Cruise o el Empire State para darse al romanticismo. Si nos ponemos ultras, nos quedamos sin amantes. Tampoco es eso, oigan. No hace falta ir por ahí dejando anillos de compromiso. Ni rondando por los balcones. Una vez me hablaron de un chico que montó una ruta por todos los lugares clave de su relación para que ella fuera encontrando notitas que la condujeran hasta él, o hasta el anillo, o hasta él con el anillo. De esa parte final no me acuerdo bien, pero vamos que la mantuvo de ruta. Y es bonito. Sí, vale. Pero vaya, no es imprescindible.

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Tampoco hace falta irse de paseo por las nubes. Sólo hace falta ponerle valor. En contra de lo que los cobardes venden, el amor no es para los moñas, ni para los blanditos, ni para los tontos. El amor es para los valientes. Tampoco es para los santos. No hay que ser el más bueno. Ni si quiera el mejor. Sólo hay que tener coraje. Porque, señores, el amor cuesta. Cuesta arriba y cuesta abajo. Cuesta un ratazo. Cuesta tanto que a veces da ganas de romper cosas. O de matar. Madre mía, algunos días cuesta más que enfrentarse a un ejército de lunes por la mañana. A todos nos ha costado una noche en vela. O siete. O setenta. A veces te cuesta medio sueldo. Literalmente. A veces, el sueldo entero. A mucha gente le cuesta una hipoteca. Y hasta las vacaciones.

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Y, sobre todo, lo que más cuesta es ponerlo por encima de todas las cosas. Porque, señores, es que todas las cosas son muchas cosas. Desde la temible rutina, hasta la seductora tentación, pasando por el aburrimiento, las emociones fuertes, la maleable voluntad, las amistades etílicas, hasta los descansos, los secretos compartidos, los por-una-vez y los nosotros-ya-no.

¿Ya no qué? Ya no vais por la calle de la mano. Ya no hay flores porque sí. Ni beso de buenos días. Ni de buenas noches. Ni cine los jueves. Ya no cierras la puerta del baño. Ni te arreglas para dar una vuelta. Ya no la esperas en su portal. Ni apareces por casualidad. Ya no inviertes más tiempo en ir y volver que en estar. Porque ya no merece la pena. Ni apetece demasiado. Ya no compartes paraguas. Porque ya no es práctico. Ya no hay tiempo para tonterías. Ya no perdemos el tiempo. Porque ya no hay tiempo que perder. Seamos serios, por favor. Ya no te cae un piropo ni por error. Y un, dos, tres, ofenda otra vez. El que la hace, la paga. Ley del talión. Y te das al ojo por ojo. No vayas a quedar por debajo, así de gratis. Y luego, se oye por ahí que el romanticismo ha muerto. Igual lo has matado también tú un poco. Y no estoy hablando de hacer corazones en San Valentín. Hablo de pequeños gestos que marcan la diferencia, como diría Julio, y lo sabes…

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Me hace mucha gracia esa doble tendencia que despierta San Valentín en la gente. Están los que se entregan al algodón de azúcar. Todo a su alrededor empalaga. Todo es muy rosa, muy de corazones, muy de amor, muy de tequieros y siempretequerrés. Y luego hay otra corriente de los odiadores profesionales. Odian San Valentín. Odian el amor. Odian los corazones. Odian a la gente enamorada. Hacen apología de su antisanvalentinismo y dejan claro por todos los rincones el ascazo que les da el amor y todos sus derivados. La alergia que les produce ver corazones, besos y campanitas. Lo mal que les parece que se celebre semejante día, onomástica de un santo mártir, de cuyo martirio, miren ustedes por dónde, se alegran.

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Sí, sí, en serio se alegran. Y yo no sé muy bien qué pensar del Santo, pero Valentín, señores, viene del latín valens/valentis y significa valiente. Y santo no sé, pero para el amor, valiente hay que ser un rato. Hay que atreverse con todo. Porque el enamoramiento se acaba. La pasión se acaba. La novedad se acaba. Y ahí se queda el amor. Y así solo sin envoltorio ni lazos, pues a los cobardes se les hace complicado asumirlo.

Y es que el amor es para los valientes. Donde los anglosajones dicen I love you, nosotros decimos te quiero, que en realidad es I want you. Y una cosa es querer de want y otra es amar de love. Querer es facilísimo, señores. Yo quiero ser invisible, tú quieres una moto, él quiere ser rico, nosotros queremos vacaciones en febrero, vosotros queréis una novia cañona y ellas quieren un marido rico.

Pero ya lo de amar es otro cantar. Que para amar hay que ponerle algo que por aquí ya no está nada de moda: esfuerzo. Y el esfuerzo cuesta. Cuesta un montón. Y encima sólo te das cuenta cuando estás en ello. Doscientas calorías no son nada, ¿a qué no? Pues luego te subes a la cinta, te pones a correr y cuando llevas consumidas 116, doscientas te parecen una vida. Una puñetera odisea. Te hace replantearte tu desayuno. Tu merienda y esa maldita palmera de chocolate que se te antojó el martes. El esfuerzo se mide esforzándote. La buena noticia es que lo que hoy cuesta, mañana se normaliza. La repetición lo convierte en algo habitual.

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Y ahí es donde se mide la valentía, señores, en nuestros hábitos. En nuestras actitudes. Para el amor hay que tener actitud de valiente. Porque salir por ahí, tomarse unas copas, cruzar unas frases y sentir que cupido, San Valentín, San Antonio bendito y la Corte Celestial os han puesto en el camino para el amor eterno es un peculiar comienzo. Que puede ser muy bueno, sí. Pero que hay que darle un poco de cuerda. Y otro poco de cordura.

Si el amor de tu vida tiene que, como su nombre indica, estar ahí toda tu vida más te vale tomarlo con calma y no empezar con los ya-nos demasiado pronto o lo convertirás en el amor 2014-2016 o en el amor de diciembre-abril o en el amor del verano’08 o en el del sábado pasado. Que más que un amor, parece una cinta de casette grabada a trozos de los 40. Hay que ser un valiente para el amor. De hecho, es el doble: hay que ser dos valientes para el amor.

Ni santos, ni Empire State, ni visiones del futuro. Sólo Valor. O aún más, valores. Y si cuesta tragar, recuerda: a spoonful of sugar helps the medicine go down.


El año del make it happen

Llamo a mi ahijado para ver qué quiere que le regale por su cumpleaños. Puede que sea un pensamiento occidental-materialista-caprichoso-despilfarrador, pero estoy totalmente en contra de la fusión de regalos Cumpleaños-Navidad-Reyes a la que están condenados los niños (y mayores) que nacen entre el 20 de diciembre y el 7 de enero. Así que le llamo y le pregunto qué regalo quiere por su cumpleaños. Y él, que es muy prudente y comedido me dice:

– No sé, nada, lo que tú quieras o…algún juego de la Wii. 

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Prudente, pero no tonto.

– ¿Y qué juego quieres? -Insisto, más que nada por acotar.

– Cualquiera, el que sea, menos el Mario Kart, porque ya lo tengo.

Comedido, pero no tonto.

– Ni tampoco el de Super Mario; ni el Sonic. Ni el de Donkey Kong. Ni no sé qué otro, ni el de Pokemon, que se los he pedido a los Reyes.

Claro, claro, por supuesto, no vayamos a solaparnos.

– Pues, tío, mejor dime alguno que sí quieras.

– Es que me da igual, en serio.

Pero sigue hablando:

– El de Mario Party no lo tengo. Me da igual el 8 o el 9, porque no tengo ninguno de los dos. Y tampoco tengo el de Mario y Sonic en los Juegos Olímpicos.

Ya veo. Ya veo. Le da totalmente igual.

Y se oye de fondo a su madre al grito de vale ya, pero qué cara tienes, deja de pedir. Y para cara, su hermano, que se pone al teléfono porque ha visto el percal y me dice que estoy de suerte porque en VISP venden un paquete con toda la colección de Pokemon, lo que al parecer es comodísimo, porque si se la compro de golpe sabemos seguro que ya no le falta ni una carta. Y yo le contesto que su cumple es en septiembre. Y él que me recuerda que puedo encontrarla en VISP. Y de nuevo se oye a su madre, con un ya vale, qué os habéis creído que es esto. Y buenas noches y a la cama todo el mundo.

Y ahí me quedé con el teléfono en la mano, apuntando mentalmente Mario Party 8 ó 9 y Juegos Olímpicos y preguntándome por qué tantas veces decimos que algo nos da igual, o respondemos con sutilezas que llevan a engaño, cuando tenemos las cosas claras.

20140108Y es que no siempre tenemos lo que deseamos, pero las posibilidades de conseguirlo descienden si no somos claros. No es lo mismo ser educado que ser conformista. Si tus deseos se limitan a un efímero y poco reflexivo pensamiento frente a unas velas, difícilmente van a ser interpretados por quiénes pueden hacerlos realidad. No se trata de ir por ahí pide que te pide a ver qué cae. Pero si de verdad quieres algo, dilo. Si lo quieres ve a por ello.

No tomen esto como un canto a la indiscreción. No vayamos a interpretar que el consejo es ir por ahí cantando deseos. Entras en un bar y ¿qué desea? Un aprobado en Economía Política. Un iPhone cincocé. O mejor, un cincoese. O una nevada que paralice el tráfico y nos deje tres días sin clases. O un viaje a París. Para dos. O para toda la familia, con parada en Eurodisney. O que me toque la lotería. Un paaaaloooo. Una capa de invisibilidad. O una mochila teletransportadora. O la sexta temporada de Homeland. O una píldora que quite todos los excesos de Navidad y le quede un poco para los de verano. O poder dormir una hora más.

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Podríamos pensar cientos de deseos. Podríamos imaginar que se cumplen al pedirlos a los Reyes Magos. Porque son magos. O al encontrar un trébol de cuatro hojas. O, como Diego, que se bajaba de la bici cada vez que veía un diente de león, para soplarlo y pedirle un Ferrari, que aún no ha recibido.

Podemos desear superpoderes, dinero, éxito, riquezas, popularidad, reconocimiento y hasta convertirnos en Reyes, famosos, personajes de ficción. Algunos querrían ser Nadal o Iker o Ronaldo. Otros desearían tener un apellido. O deshacerse de un nombre. O vivir en otra ciudad. Otro país. Quizá volver a ser un niño. O simplemente volver a ese día, esa hora, ese lugar y cambiar el curso de los acontecimientos. Puede que alguno desee haber tenido esa gran idea. Haber inventado Facebook o la penicilina. O haber sido autor de alguna frase tipo:

Ask not what your country can do for you; ask what you can do for your country. 

Alguno desearía haber escrito El Quijote o Ulysses o Romeo y Julieta o ganar el último Premio Planeta. O mejor, el Nobel. De lo que sea. Puestos a desear, se desea frecuentemente la paz en el mundo. Así en general, sin mayores detalles. Y el clásico Poni no puede fallar. Hay quien desea ser más guapo. Más alto. Más listo. Más más. Los hay que esperan una señal del destino para empezar a actuar. 

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Y el que más y el que menos, piensa uno o dos deseos para el Nuevo Año. Te deseo lo mejor en 2014. Que este Nuevo Año haga tus sueños realidad. Y nos ponemos morados de desear y pensar propósitos. En el Top 5: dejar de fumar; adelgazar; ahorrar; hacer deporte; leer más (sí, sí, aunque no lo crean, leer está en el top 5).

¿Se imaginan que panorama en enero de 2015 cuando sólo veamos por ahí gente guapa, sanísima, deportistas, de amplia cultura general y con el bolsillo lleno?

201401085Seríamos como un montón de Barneys repartidos por el mundo. Increíbles. Legendarios. No podríamos sentirnos más realizados. No sabríamos qué desear para 2015. Pero lo cierto es que llegará el próximo año y le pediremos más o menos las mismas cosas. Y nuestros propósitos serán más o menos, los mismos. Quizá un poco suavizados: fumar menos, bajar un par de kilos, ir andando, leer algo, no gastar más de lo que gano.

Y es que, nos guste o no, los deseos son sólo eso: deseos. Y si se los contamos a una tarta, a los Reyes o al Año Nuevo, pues ahí se quedan. No podemos poner todo en manos del pobre 2014, que acaba de llegar y no sabe ni de qué va la peli. Mejor será que empecemos a sacarlas adelante por nosotros mismos. Pensemos qué podemos hacer para cumplir esos deseos. Porque la lotería y el poni están bien, pero cuando uno busca en el fondo fondo, el deseo que se encuentra es otro mucho más profundo. Ése es el deseo que hay que perseguir. Ése es el que debemos convertir en un objetivo. No algo que quizá traigan unos Magos de Oriente. Sino algo por lo que podemos luchar. ¿Hay algo que puedas hacer por conseguirlo? Aunque la posibilidad sea remota. Aunque implique un gran esfuerzo y un enorme riesgo de no lograrlo. Aunque signifique trabajar por ello cada día. Sacrificar ocio, descanso, horas de sueño. Quedarse en casa el sábado. Trabajar en verano. Pasar las vacaciones de Navidad envolviendo regalos. O julio poniendo cafés en una terraza. O haciendo fotocopias en un despacho. Estudiar. Estudiar. Seguir estudiando. Madrugar. Perderse una fiesta. Y otra. Y otra más. Faltar a la cena de amigos.  Renunciar al finde de esquí. Y a esa semana en Mallorca. ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para conseguir ese objetivo? ¿Lo quieres? Haz que pase.

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Entra en el año de hacer que pase. Pon de tu parte. Si no haces todo lo que se puede hacer, no te lamentes cuando no ocurra. Tal vez haya que madrugar más. Que sudar más. Que trabajar más. Que pelear más. Que tener más paciencia. Que saber esperar. Que estar más quieto. O aprender a ir más rápido. Si necesitas ayuda, pídela. Si quieres apoyo, búscalo. Lucha. Pelea. Si te caes, te levantas. Sé firme. Haz que pase.

Mi parte favorita del mes de enero es cambiar el calendario y ver que tengo un año completo, entero y limpio por delante. Un nuevo año, no para pedirle deseos, sino para hacer que las cosas pasen. Una oportunidad de 365 días para levantarte con ganas de comerte el mundo. 365 ocasiones para hacer que las cosas pasen. Dejémonos de deseos y demos la bienvenida a 2014: el año del make it happen.


El final del cuento

Un día en el colegio, a los siete u ocho años nos contaron un cuento y nos explicaron cómo escribir uno. Y después, lógicamente nos sugirieron que escribiéramos el nuestro propio. Mi primer cuento, ya ven. Nos dieron los personajes protagonistas: una oveja y un lobo. Y con eso, un cuaderno y un lápiz nos dejaron. Imaginación al poder.

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Esa tarde volví a casa con una nota para que mis padres leyeran mi cuento. Por alguna razón que desconozco, adulto que lo leía, adulto que se partía de risa. Yo no entendía nada. Mi cuento no tenía ni pizca de gracia. No había ninguna pretensión humorística en mi relato. Más bien, todo lo contrario. Me había pasado media hora haciendo giros para evitar un evidente y dramático final, pero ahí estaban los mayores riéndose sin pudor, en mi cara, de mi primer cuento. Para mí, la cosa estaba clara; entre una oveja y un lobo no hay más cuento que éste:

Había una vez una oveja y un lobo. Y un día el lobo se comió a la oveja.

Fin del cuento.

No se me ocurría nada más.

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Pero claro, ni siquiera a mí se me escapaba que si ponía eso y sólo eso mi cuento iba a quedar un poco flojo. Y sobre todo, se me iba a caer el pelo. Así que empecé a escribir un rollo en el que mi oveja y mi lobo nunca se encontraran para dilatar el momento terrible en el que frente a frente el lobo se comiera a la oveja y yo me quedara sin cuento. Y así fui llevando a uno y otro por diversos escenarios en los que justo acaba de estar la oveja que buscas, pero ya no. Ahí en plan Atrápame si puedes

El lobo se lamentaba y sus ganas de zamparse a la oveja crecían. Pero nunca la pillaba. Y giro tras giro, casualidad tras casualidad, conseguí tener un número aceptable de líneas –que era de lo que se trataba –y llegó el momento de poner a mi oveja y mi lobo cara a cara. Y entonces cuando el lobo estaba a punto de anunciar algo tipo Soy Íñigo Montoya tu mataste a mi padre, prepárate a morir, pero en versión licántropo infantil…me dio un nosequé convertirlo en un asesino. Y la oveja, mi pobre oveja, me parecía demasiado lista para morir así…Y ahí me vino a la mente un último giro, de esos que surgen sin más, y escribí, sin pensarlo dos veces:

…y entonces el lobo se hizo vegetariano.

Fin del cuento.

Leían esa última frase y se empezaban a reir y yo la verdad es que no entendía muy bien por qué les parecía tan gracioso, si yo sólo había pretendido salvar a mi oveja de una muerte segura. La culpa, evidentemente, no era mía. Yo jamás habría metido a un lobo y a una oveja juntos, a ver qué pasa. Es evidente lo que pasa: el lobo se merienda a la oveja sin pestañear. Simplemente, yo me negué a relatar un asesinato cruel y a sangre fría en mi primer cuento. No me parecía, oiga. Y la solución más fácil era un aquí nadie quiere comerse a nadie y todos tan amigos.

En definitiva, me plantearon que resolviera algo con unas reglas de juego que me parecían absurdas y muy poco sensatas. Y yo, a los siete u ocho años, en vez de enfadarme, en vez de pensar esto es imposible, en vez de desesperarme o darme cabezazos contra la pared, solucioné la cuestión sin despeinarme en una frase de siete palabras. Y entonces el lobo se hizo vegetariano…Siempre que nieva tengo cinco años2

Creo que esto me lleva a una conclusión o una confesión: a los siete años tenía más recursos que ahora. Después de tanto tiempo dedicado a dotarme de herramientas para resolver todo tipo de contingencias, resulta que ahora me cuesta mucho más encontrar el final del cuento. Se plantea una situación, con sus reglas del juego y aunque parezcan absurdas y poco sensatas…hay que ver lo que cuesta romperlas. Pero, oigan, ¿en qué momento dejamos de creer que de nosotros depende el final del cuento? ¿Quién nos dijo que no podemos pensar en un lobo vegetariano? ¿Quién nos convenció de que las herramientas para arreglar nuestro mundo había que comprarlas fuera? ¿Quién nos hizo creer que nuestro mundo necesitaba un arreglo o una mejora o un cambio o una actualización? Pero ¿qué somos? ¿un iPhone? Pero ¿qué pasa con nosotros? ¿En serio necesitamos instalar el IOS 7.0.2 porque nos lo dicen? ¿De verdad nos creemos que la mejor versión de nosotros mismos la vamos a sacar de algo externo?

Los SecretosPues yo digo que si nos quedamos esperando a que otros nos escriban el final del cuento, puede que no acabemos cómo ni dónde esperábamos. Digo que el cuento es mío y acaba cómo a mí me parece. Que si en tu cuento no fuisteis felices comiendo perdices es que aún te queda mucho final por escribir. Que al final siempre ganan los buenos. Así que si tienes un villano por ahí saliéndose con la suya…este cuento no ha acabado. Ni colorín, ni colorado. Que todos los días dan para un buen capítulo.

happily-ever-afterQue no podemos dejar nuestro cuento en manos del vecino. Ni en las del de contabilidad. Ni en las del cartero. Ni en las de ese compañero de clase que te dejó unos apuntes y sabes que tiene una letra horrible. Ni siquiera se lo puedes dejar a tu madre, que por muchísimo que te quiera, no puede escribirte el cuento. Ni tu asesor fiscal. Ése tampoco. Ni muchísimo menos a tu jefe. Y tampoco es algo que puedas encargar a tu secretaria. Ni a tu hermano pequeño, aunque si tiene menos de diez años puede echarte una mano. Pero no puedes pedirle que te escriba tu cuento. Ni a él ni a nadie. Tampoco a Steven Spielberg. Ni a JK Rowling. Ni a Cortazar. Ni a Saint-Exupéry. Ni a tu mejor amigo. Ni a esa chica tan mona que el otro día te pareció que te miraba, pero no estás seguro. Ni al imbécil que te partió el corazón, pero que no sabes por qué siempre que te pide algo tú vas y lo haces. A ése no le puedes dejar ni aparecer en el cuento.

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El final del cuento es tuyo y sólo tuyo. Tú lo amplias y le metes los giros que te dé la gana. ¿Te acuerdas cuando de pequeño interrumpías el cuento con un impertinente así no es a quién te lo estaba contando? Pues ahora igual. ¿Así no es? Vale, tú decides cómo es. Mi madre solía cambiarnos datos a mitad del cuento, como el color de la casa o el nombre del pueblo. A veces empezaba con un río que luego era un lago. Se supone que era para ver si atendíamos (eso decía, pero también es que se le olvidaban). Bueno, pues ahora ya somos mayores y el cuento lo escribimos nosotros.

No; no deberíamos dejar que otro nos lo cuente a su conveniencia y nos cambie los ríos por lagos o los yos por tús o los ayeres por mañanas…El cuento es tuyo y tú decides cómo termina.


Si necesitas llorar, llora

 

Lo de que el tiempo lo cura todo es otra de esas grandes frases que se han inventado para apagar el silencio que se impone cuando no sabemos qué decir. Para empezar el tiempo es un concepto bastante relativo. Y, para seguir, hay cosas para las que el tiempo no tiene remedio ninguno.

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Esto no significa que no podamos seguir adelante. Podemos. Pero, por favor, busquemos una alternativa a semejante intento por encajonar el derecho al duelo. Sí, a salir adelante. Sí, a encontrar nuevos motivos para avanzar. No, a marcar los tiempos. No, a como ha pasado X tiempo ya no puedes llorar.

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Puedes. Y vas a poder todos los días. Porque no, no va a llegar el día en que Santiago amanezca como si nada. Y no, no volveremos a obviar un once de marzo en el calendario. Y tampoco olvidaremos a quienes aunque no tengan canción, ni homenajes multitudinarios, nos han dolido tanto o más. Y tendremos que aprender a vivir con ello, pero por favor, no recurramos a frases sin sentido sobre el tiempo. Porque, con el paso del tiempo los cipreses del Bosque del Recuerdo son más altos. Y con el paso del tiempo, la nueva situación se vuelve rutina y es más llevadera. Y a lo largo del tiempo, aparecen nuevas cosas en las que pensar. Pero el tiempo no es un bálsamo de Tigre milagroso, que todo lo cura.

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Reconozcamos que a veces no tenemos la solución. Ni la palabra precisa. Ni la panacea. Admitamos que a veces lo único que se puede hacer es aceptar lo ocurrido, llorar todo lo que haya que llorar y después seguir adelante. A veces parece que tememos al llanto. Llorar es bueno. Es necesario. A veces es lo mejor. Y no hay tiempo para llorar. No podemos hacer una tabla de equivalencias de llanto adecuado. Si te pasa tal cosa, diez minutos. Si te pasa tal otra, dos semanas. Si ocurre esto, puedes llorar todo el año. Si se trata de aquello otro, todas las noches de tu vida. Quizá nos vendría bien, con lo que nos gusta medirlo todo, pero no es posible. Se siente. Que cada uno llore lo que tenga que llorar, sin límite temporal, ni criterio tipificado. Sin cuantificaciones. Sin instrucciones, ni siquiera de Cortázar. Que nadie les diga si ya han llorado mucho o poco. 1346002859664-corta14

Ahora bien. Llega un momento -y cada uno notamos cuál es -en que llorar no alivia, sino que solo te sirve para regodearte en tu tristeza. Ése es el momento de parar. Y ahí sí necesitamos que alguien nos dé un aviso. El otro día, me dejaron leer un correo que, entre otras cosas, contaba esta historia:

Una psicóloga, en una sesión grupal levantó un vaso de agua. Todo el mundo esperaba la pregunta: ¿Está medio lleno o medio vacío?  Sin embargo, ella preguntó ¿Cuánto pesa este vaso? Las respuestas variaron entre 200 y  250 gramos. Pero la psicóloga respondió:  “El peso absoluto no es importante, depende de cuánto tiempo lo sostengo.  Si lo sostengo 1 minuto, no es problema, si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo,  si lo sostengo 1 día, mi brazo se entumecerá y paralizará.  El peso del vaso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado,  más difícil de soportar se vuelve.” Y continuó:  “Las preocupaciones son como el vaso de agua. Si piensas en ellas un rato, no pasa nada.  Si piensas un poco más empiezan a doler y si piensas en ellas todo el día,  acabas sintiéndote paralizado, incapaz de hacer nada.”

Invertir un día llorando puede ser muy beneficioso; perderlo, no. Si necesitas llorar, llora. Llora y repite para tus adentros que es injusto. Llora preguntándote por qué a ti. Por qué a vosotros. Llora y siéntete culpable por desear que fuera otro quien ocupara tu lugar. Llora con rabia. Llora como si te faltara el aire. Llora con hipadas constantes que asusten a quienes te vean. Llora a solas. Llora en silencio. Llora sobre la almohada y empápala antes de quedarte dormido. Llora con las manos en la cara. Llora y dale una patada a algo. Procura que no sea muy duro y no hacerlo descalzo. Llora de dolor, de impotencia o de desesperación. Llora mientras te dices a ti mismo es que encima soy imbécil si te haces daño dando la patada. Llora de repente, un jueves de abril sin saber qué ni cómo te han recordado tus ganas de llorar. Llora al mirar esa foto o cuando quieras verla y no la encuentres en el primer cajón donde la buscas. Ni en el segundo. Llora porque has oído un nombre o cuando alguien diga la palabra caleidoscopio. Llora en Navidad. Llora antes de Navidad. Llora después de Navidad. Llora en la playa mirando a cualquier niño que hace un castillo en la arena. Sonríe y siente ese cosquilleo que te corre por la mandíbula y torna tu sonrisa en más llanto. Llora en cualquier conversación sobre si la dorada es mejor a la espalda o a la sal. Si tropiezas por la calle y te sientes ridículo por un momento, llora también. Llora desproporcionadamente y cae en la cuenta de que no lloras por el tropiezo. Llora sin lágrimas. Llora porque has perdido el autobús o porque te has olvidado de meter algo en la maleta. Llora con los desconocidos, a veces es mucho más fácil que con el mejor de los amigos. Llora cada vez que viajes a esa ciudad. Llora en tu fiesta de cumpleaños. O en el día de San Patricio. Si necesitas llorar, llora.

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Llora mientras recorres el supermercado y quédate frío frente a los yogures pensando que nunca volverás a ser feliz. Y a partir de ese momento, no te escuches. No te creas eso que acabas de pensar. No importa si la encuentras en los L Casei o en los bífidus activos, pero busca una razón para salir de ese bucle inmediatamente. Existen razones, personas, proyectos e ilusiones suficientes para no regodearte en tu tristeza. No disfrutes de tu miseria. Eso ya ni aporta ni es sano. Estás aquí para algo más que para llorar. Si lloras por llorar, si estás empezando a cogerle el gusto, ahora sí tienes que bajar el vaso porque te pesa demasiado. La tristeza es una adicción peligrosa porque no la ves venir y cuesta mucho dejarla atrás sin sentirse un poquito culpable. A veces te ríes y te arrepientes porque no sabes si tienes derecho a reírte tan pronto. Pues claro que lo tienes.

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Y también tienes derecho a volver a tener una señora llorera seis meses después. Si la necesitas, tenla. No llores por llorar, pero llora cuanto necesites y déjalo cuando recuerdes que te sobran razones para seguir adelante. Porque lo único que hace falta para ver el lado bueno de las cosas es querer mirar, por muy difícil que a veces nos lo ponga esta vida locaLoca, loca. Con su loca realidad. Y al tiempo, que le den. El reloj y el calendario sirven para otras cosas.


Algo que tener

Puede que dejar de fumar haya sido una de las más difíciles y mejores decisiones que he tomado en mi vida.  Sin embargo, confieso que algunas veces lo echo de menos –poco y pocas veces, pero me ocurre –y aún peor, confieso que algunas veces pensar en ello me pone como triste. Antes de la definitiva lo había intentado otras veces, pero nunca me había sentido lo bastante fuerte y, en el fondo, yo sabía que estaba a un toque de efecto mariposa para recaer. Y recaía. Vaya si recaía. La intención estaba clara, los motivos mucho más y, en realidad, sólo me faltaba ese punto de aquí mando yo que por fin me ayudara a salir de ese bucle de nicotina y humo del que, en el fondo, siempre me había avergonzado.

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Un día Cosin, que es especialista en esto de ayudar a la gente a dejar de fumar, contó que el tabaco es básicamente como un novio al que quieres mucho, pero que te hace mucho daño. Decía que uno sabe que le hace daño, sabe que tiene que dejarlo, pero no puede, no sabe o incluso, no quiere. Es como si supieras lo que tienes que hacer, pero no te atrevieras porque el miedo te paraliza; como cuando tienes una pesadilla de esas en las que corres y corres y no llegas a ninguna parte; y te sientes un poco como Momo entrando en la sede de los hombres grises, que cuanto más corría más despacio iba.

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Lo cierto es que, con todos mis respetos al señor Ende, ese libro era una rayada. Yo no creo que tuviera ni 10 años cuando lo leí y lo único que recuerdo es que me produjo cierta angustia. Aunque pensándolo bien, tampoco está mal ir experimentando sensaciones no tan positivas desde la infancia, que es ese periodo en el que conviene mantener el equilibrio entre ser ingenuamente feliz e ir preparándose para lo que te viene después. De hecho, la idea de entregar tu tiempo a un personaje gris y vivir un poco angustiado el presente en pro de un futuro que nunca parece llegar es un reflejo bastante gráfico de lo que a veces acaba pasando.

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Y es que, nos guste o no, la vida también tiene una cara menos divertida, en la que en ocasiones nos encontramos con alguien gris que quiere robarnos nuestro tiempo para convertirlo en humo y ceniza. Alguien que, como a un cigarrillo, consume, ahoga y aliena al otro hasta convertirlo en colilla. Porque, señores, en el amor y en la guerra todo vale, hasta perder el juicio, la perspectiva, el dominio de uno mismo y la capacidad de reacción.

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Y así se ven por ahí a personas magníficas al lado de gente gris que necesita hacerles pequeñitas para sentirse más grandes. Y lo grave de todo esto es que lo consiguen. Algunos consiguen apagarle la chispa a esa chica que siempre fue divertida, despreocupada y que a veces se excedía al remangarse la falda del colegio. Y algunos echan de menos a ese amigo que siempre se apuntaba al partidito del domingo, a las cañas del jueves, a las copas del viernes, a la final de la Eurocopa, a la de Roland Garros, al hoy salimos, a la fiesta de Blas o a la que cayera; y que un domingo faltó al partidito, un jueves faltó a las cañas y empezó a perderse las finales de copas y los finales de copas,  hasta que incluso Blas dejó de invitarlo a sus fiestas. Y de vez en cuando os encontráis en un cuánto tiempo, tenemos que quedar y casi ni los reconoces.

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Y sí, la gente cambia.

Y no, eso no es malo.

Pero el único cambio que nadie debería permitirse es el paso de ser feliz a todo lo contrario. Y a veces cuesta y es más fácil aferrarse a la comodidad de lo que ya es, afianzar lo seguro y ahorrarse el mal rato de pensar en un proyecto individual. Aunque, ya se sabe, el que no arriesga no gana.

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Supongo que cada uno sabe si cree que en la vida existe algo más emocionante que lo que tiene delante. Alguien con quién no dejar de ser uno mismo, sino con quién convertirte en tu versión 5.0. Que cuando ya crees que eres la PS3, te haga sacar la 4. Alguien de quién no tienes que seleccionar las cosas que puedes o no contarle a tus amigos; o peor, a tu madre. Alguien que te vuelve un poco Gollum porque no dejarías que nadie te lo quite. Alguien de quién te acuerdas durante el partido del domingo. Y de quién presumirías en la fiesta de Blas. Y con quién siempre te tomarías alguna copa más. Porque tú con ese alguien vives en la parte de al alba vincero en Nessum Dorma. Te sientes como esas veces en las que ya no puedes más en la cinta del gimnasio y estás a punto de parar, pero coges y te arrancas y te flipas con una canción y corres 10 minutos más y te demuestras que sí podías. Como cuando te tiras al agua helada y se te corta un poco la respiración y luego te vuelve y te sientes muy vivo. En cualquier caso, es un alguien con quién tienes ganas de hacerlo todo, menos conformarte.

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Porque tampoco es que nos hayan dado mucho tiempo, como para andar por ahí entregándolo a las personas grises. Y puede que llegue un momento en que tal vez piensas que ya no estás para fascinarte por nadie. Que eso era antes. Ahora ya estás de vuelta. Y es que a veces la peor experiencia es la experiencia en sí misma. Y al corazón le pasa un poco como a Calamaro, cuando era niño y conoció el Estadio Azteca, que se quedó duroY a golpe de golpes, acabas bailando en ese mundo de tentaciones, sin terminar de pillarle el ritmo al asunto y tal vez culpándote o pensando que no tienes eso que dicen que hay que tener.

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Pues yo creo que lo tienes. Y que, en el fondo lo sabes. Que dejaste de creerlo en algún momento, porque te diste una torta. O diecisiete. Y hoy te animo a creerte que tienes lo que hay que tener. Que, simplemente, lo de Pablo Alborán con su regálame tu estrella y te entregaré mi vida no es lo habitual. Que por aquí se pintan más pajaritos en el aire que mañanas de colores. Que no tienes por qué volver a pedir permiso, como se lo pedías a tu madre. Que no tienes que pedir perdón por ser cómo eres. Que tu opinión importa y tu punto de vista interesa.

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Que tú eres el fin y no el medio. Que siempre estás a tiempo para decidir. Que tus decisiones cuentan. Que no has perdido la capacidad para fascinarte. Que lo del anuncio de Aquarius es verdad: el ser humano es extraordinario. Que nadie te obliga a conformarte. Que si algo no te gusta puedes cambiarlo. Que tanto si crees que puedes como si no, tienes razón. Que el que no arriesga, no gana. Que te puedes poner la falda como tú quieras. Que ésta es la tarde perfecta para un partido. Para unas cañas. Para ver un Madrid-Barça.

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Creo que tienes lo que hay que tener. Creo que lo sabes y creo que quieres que algunas personas grises se enteren de una vez. Que tu tiempo vale demasiado. Que, antes que regalarlo a alguien gris, preferirías perderlo coloreando los apuntes; mirando al infinito; o contando gotas de lluvia. Que si tus chistes no hacen gracia, te huelen los pies o bailas fatal, no estás condenado al fracaso. Que dejarse llevar es voluntario. Que si quieres que las cosas cambien, no puedes hacer siempre lo mismo. Que no quieres hacer siempre lo mismo. Que puedes cambiar la perspectiva. Que lo peor que te puede pasar es la decimoctava torta. Que, a estas alturas, eso no es nada. Que si de verdad quieres algo, tienes q perseguirlo. Que este mes has visto ganar a Nadal. A la Sub21. Y al Madrid. Que tú también puedes.

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Que sí. Que tienes ese algo que hay que tener.